Eres sangre de mi sangre y huesos de mis huesos.

-¡Tranquila, Claire! Estabas soñando. Estoy aquí.

Volví el rostro hacia su hombro, sintiendo cómo se deslizaban las lágrimas entre mi mejilla y su piel. Me aferré a su solidez, y los pequeños ruidos de la casa de París llegaron a mis oídos, llevándome de regreso a mi vida actual.

– Lo siento – susurré -. Estaba soñando con… con…

Me dio una palmadita en la espalda y buscó un pañuelo bajo la almohada.

– Lo sé. Estabas diciendo su nombre.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

– Lo siento – volví a decir.

Él resopló. No alcanzó a ser una risa.

– Bien, no te diré que no estoy celoso – dijo con cierta tristeza – porque lo estoy. Pero no puedo prohibirte que sueñes. Ni que llores. – Con el dedo siguió el rastro húmedo sobre una mejilla, luego lo secó con el pañuelo.

– ¿No?

Vi su sonrisa en la penumbra.

–  No.  Tú  lo  amabas.  No  puedo  reprocharte  que  lo  eches  de  menos.  Y  me  da  cierto  consuelo  saber…

Vaciló. Alce la mano para quitarle el pelo enmarañado de la cara.

– ¿Saber qué?

– Que de ser necesario, también podrías echarme de menos de la misma manera – respondió en voz baja.

Apreté la cara contra su pecho.

– A ti no te echaré de menos, porque no será necesario. No te perderé. ¡Nunca! No temes que yo pueda volver, ¿verdad? No creerías que porque… pienso en Frank…

– No. – Su respuesta fue inmediata, tan posesiva como sus brazos a mi alrededor.

–  No  –  repitió  -.  Estamos  unidos,  tú  y  yo,  y  no  hay  nada  en  la  tierra  que  pueda  separarme  de  ti.  –  Me acarició el pelo -. ¿Recuerdas el juramento de sangre que pronuncié cuando nos casamos?

– Sí, creo que sí. “Sangre de mi sangre, hueso de mi hueso…”

Te entrego mi cuerpo, para que seamos uno – terminó diciendo Jamie -. Si, y he mantenido ese juramento, Sassenach, y tú también. – Me dio la vuelta y con una mano cubrió mi vientre abultado.

– Sangre de mi sangre – repitió – y hueso de mi hueso. Me llevas dentro de ti, Claire; ahora no puedes abandonarme, pase lo que pase. Eres mía para siempre, quieras o no, me ames o no. Mía, y no te dejaré ir.

Puse una mano sobre la suya, apretándola contra mí.

– No – dije -, ni podrás dejarme tú.

– No – dijo – él, sonriendo a medias -. Porque también he cumplido mi parte final del juramento.

– Porque te entrego mi espíritu, hasta que la muerte nos separe.

Diana Gabaldon

“Da Mi Basia Mille”

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, y lo que dicen los viejos ceñudos nada nos importe.

Los soles pueden ponerse y salir: pero nosotros, una vez extinguida la débil luz, deberemos dormir una perpetua noche.  Dame mil besos, luego ciento, luego otros mil, luego ciento.

Y cuando llevemos muchos miles, confundámoslos todos, hasta no saber y que ningún malvado pueda envidiarnos al saber cuántos besos han sido.

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My sweetest Lesbia, let us live and love,
And, though the sager sort our deeds reprove,
Let us not weigh them: heaven’s great lamps do dive
Into their west, and straight again revive,
But, soon as once set is our little light,
Then must we sleep one ever-during night.

Cayo Valerio Catulo

Viuamus, mea Lesbia, atque amemus, rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis. Soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit breuis lux, nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum, dein mille altera, dein secunda centum, deinde usquealtera mille, deinde centum. Dein, cum milia multa fecerimus, conturbabimus illa, ne sciamus, autnequis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.

Gaius Valerius Catullus