A. MALCOLM – Quieres venir a la cama conmigo… (Vídeo)

 

A. MALCOLM

IMPRESOR Y LIBRERO

Libros, tarjetas de visita, panfletos, cartas

Alargué la mano para tocar las negras letras del nombre.

A. Malcolm. Alexander Malcolm.

James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser.

Tal vez.

Si tardaba un poco más perdería el valor. Empujé la puerta y entré.

Un  ancho  mostrador  cruzaba  la  habitación  frente  a  la  puerta,  con  una  trampa  abierta  y  una estantería al lado con varias bandejas de caracteres. La puerta abierta de la trastienda dejaba ver la mole de una prensa. Inclinado sobre ella, de espaldas a mí, estaba Jamie.

—¿Eres  tú,  Geordie?  —preguntó  sin  volverse.  Vestía  camisa  y  pantalones  de  montar;  en  la mano tenía una pequeña herramienta con la que estaba haciendo algo en las entrañas de la prensa—.

Has tardado bastante. ¿Conseguiste ese…?

—Aquí no hay ningún Geordie —dije. Mi voz sonaba más aguda que de costumbre—. Soy yo.

Claire.

Se irguió con mucha lentitud. Se había dejado crecer el pelo: una gruesa cola de intenso rojo dorado, con reflejos cobrizos. Me miró sin hablar. Un temblor le recorrió el cuello musculoso, como si hubiera tragado saliva, pero aún no dijo nada.

Era la misma cara ancha y llena de buen humor, los mismos ojos de color azul oscuro, sesgados sobre altos pómulos de vikingo, la boca larga, como al borde de la sonrisa. Las líneas que le rodeaban los  ojos  y  la  boca  eran  más  profundas,  por  supuesto.  La  nariz  había  cambiado  un  poco:  el  puente, afilado como un cuchillo, se engrosaba un poco hacia arriba por una antigua fractura.

Crucé la trampa del mostrador sin ver más que su mirada. Carraspeé.

—¿Cuándo te fracturaste la nariz?

Las comisuras de la boca ancha se elevaron un poquito.

—Unos tres minutos después de verte por última vez… Sassenach.

Había  una  vacilación  en  el  nombre,  casi  una  pregunta.  Apenas  nos  separaban  treinta

centímetros. Alargué la mano para tocar la diminuta línea de la fractura.

—Eres real —susurró.

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Alargué una mano, tanto para detenerlo como para darle la bienvenida. Se detuvo a un palmo para cogerme la mano. Sus dedos se detuvieron en el anillo de plata.

—Nunca me lo he quitado —balbuceé. Me parecía importante que lo supiera.

Me estrechó levemente la mano, sin soltar el anillo.

—Quiero…  —Tragó  saliva  y  buscó  el  anillo  de  plata  con  los  dedos,  una  vez  más—.  Tengo muchos deseos de besarte —dijo dulcemente—. ¿Puedo?

—Sí —susurré.

Me atrajo lentamente hacia sí, reteniéndome la mano contra el pecho.

—Hace mucho tiempo que no hago esto —dijo. La sombra y el miedo oscurecieron el azul de sus ojos.

—Yo tampoco.

Me encerró la cara entre las manos, con exquisita suavidad, y apoyó la boca contra la mía.

No sabría decir qué esperaba yo. ¿Una repetición de la furia desatada que había acompañado nuestra separación final? Pero ahora éramos dos desconocidos; nos tocamos lentamente, pidiendo y otorgando  un  mudo  permiso  con  los  labios  callados.  Los  dos  mantuvimos  los  ojos  cerrados.

Simplemente, teníamos miedo de mirarnos.

Apartó los labios de los míos, cruzándolos por las mejillas, los ojos.

—Te  he  visto  tantas  veces…  —me  susurró  al  oído—.  Venías  a  mí  con  tanta  frecuencia…  A veces cuando soñaba. Cuando tenía fiebre. Cuando me sentía tan asustado y solitario que pedía morir.

Cuando me hacías falta te veía siempre, sonriendo, con el pelo rizado alrededor de la cara. Pero nunca decías nada. Y nunca me tocabas.

—Ahora puedo tocarte.

—No tengas miedo —dijo suavemente—. Ahora estamos juntos.

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Hablamos poco de cosas personales pero mientras comíamos me sentí cada vez más pendiente de su cuerpo. Al terminar la cena, en la mente de los dos predominaba la misma idea. Él vació su copa de vino y me miró directamente a los ojos.

—¿Quieres…? —Se interrumpió con el rubor acentuado en sus facciones pero tragó saliva y continuó—. ¿Quieres venir a la cama conmigo? Es decir —añadió de prisa—, hace frío, los dos nos hemos mojado y…

—Y no hay ningún sillón —terminé por él—. De acuerdo.

Me volví hacia la cama, sintiendo una extraña mezcla de entusiasmo y vacilación. Él se quitó con celeridad los pantalones y los calcetines.

—Lo siento, Sassenach. No se me ha ocurrido ayudarte con tus lazos.

«Así que no está habituado a desvestir mujeres», pensé sin poder contenerme, sonriendo ante la idea.

—No son lazos —murmuré—, pero si quieres echarme una mano con la parte de atrás…

Dejé a un lado mi capa y me volví hacia él, levantando el pelo para dejar el cuello del vestido a la vista. Hubo un silencio desconcertado. Luego sentí que deslizaba lentamente un dedo a lo largo de mi columna vertebral.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Se llama cremallera —expliqué—. ¿Ves esa pequeña lengüeta que tiene arriba? Basta con cogerla y tirar hacia abajo.

Los dientes de la cremallera se separaron con un rasguido; se aflojaron los costados del vestido.

Me erguí ante él, sin otra ropa que los zapatos y las medias de seda rosada sujetas con ligas.

Sentía  la  urgente  necesidad  de  recoger  el  vestido  para  subirlo  otra  vez,  pero  resistí  con  la  espalda erguida y la barbilla en alto.

Él no dijo nada.

—¿Quieres decir algo, caramba? —exigí con voz algo trémula.

Abrió la boca pero siguió mudo, moviendo lentamente la cabeza de un lado a otro.

—Cielos —susurró por fin—. Claire… eres la mujer más hermosa que haya visto jamás.

—Estás perdiendo la vista —aseguré—. Debe de ser glaucoma porque no tienes edad para las cataratas.

El  comentario  le  hizo  reír.  Entonces  vi  que  en  verdad  estaba  ciego:  en  sus  ojos  brillaba  la humedad, pese a la sonrisa.

—Tengo vista de halcón —respondió igualmente convencido—, como siempre. Ven aquí.

Me llevó con gentileza hacia la cama y se sentó, conmigo en pie entre las rodillas. Me dio un beso suave en cada pecho y apoyó la cabeza entre ellos.

—Por Dios, podría reposar la cabeza aquí para siempre. Pero tocarte, mi Sassenach… esa piel como terciopelo blanco, las líneas largas de tu cuerpo…

Sentí el movimiento de su garganta al tragar saliva, la mano que descendía poco a poco por la curva de la cintura y la cadera.

—Buen Dios —murmuró—. No podría mirarte y mantener las manos quietas, tenerte cerca de mí y no desearte.

Luego  me  echó  en  la  cama  y  se  inclinó  para  besarme.  Me  quité  los  zapatos  y  le  busqué  el cuello.

—Quiero verte.

—Bueno,  no  hay  mucho  que  ver,  Sassenach  —dijo  con  una  risa  insegura—.  De  cualquier modo, lo que hay es tuyo… si lo quieres.

Se  quitó  la  camisa  y,  después  de  tirarla  al  suelo,  se  apoyó  en  las  palmas  de  las  manos  para exhibir su cuerpo.

No sé qué esperaba yo, pero al ver su cuerpo desnudo me quedé sin aliento. Había cambiado, desde luego, pero los cambios eran sutiles, como si lo hubieran puesto en un horno para darle un buen acabado. Su piel se había oscurecido un poco, palideciendo hasta el blanco puro de la ingle teñido de venas  azules  en  el  que  destacaba  el  rojizo  vello  púbico.  Era  obvio  que  no  mentía  al  decir  que  me deseaba.

Cuando lo miré a los ojos torció súbitamente la boca.

—Una vez dije que sería sincero contigo, Sassenach.

Me eché a reír, aunque las lágrimas me escocían en los ojos.

—Yo también.

Alargué la mano, vacilante, y él me la cogió. Nos quedamos inmóviles. Cada uno tenía una intensa conciencia del  otro;  habría  sido imposible no tenerla. El cuarto era pequeño y la atmósfera estaba tan cargada que resultaba casi visible.

—¿Tienes tanto miedo como yo? —pregunté al fin, ronca.

Él me observó con atención. Luego enarcó una ceja.

—No creo que sea posible. Tienes la piel de gallina. ¿Tienes miedo, Sassenach, o es sólo frío?

—Las dos cosas —dije.

—Cúbrete —rió él. Y me soltó la mano para apartar la colcha.

No dejé de temblar ni cuando se echó a mi lado, aunque el calor de su cuerpo me causó una fuerte impresión física.

—¡Caramba, tú sí que no tienes frío! —dije girando hacia él.

—No. Supongo que lo mío es miedo, ¿no?

Me rodeó suavemente con los brazos; al tocarle el pecho sentí su piel erizada.

—En nuestra noche de bodas también teníamos miedo. Tú me cogiste las manos. Dijiste que si nos tocábamos sería más fácil.

Emitió un leve sonido; mis dedos acababan de encontrar una tetilla.

—Es cierto —dijo sofocado—. Por Dios tócame otra vez así. —Tensó súbitamente las manos para estrecharme contra él—. Tócame y deja que te toque, Sassenach mía. Cuando nos casamos —susurró—, cuando te vi allí, tan hermosa con tu vestido blanco, sólo pude pensar en el momento en que estuviéramos solos para desatarte los lazos y tenerte desnuda en la cama, a mi lado.

—Y ahora, ¿me quieres? —susurré besando la piel bronceada de la clavícula. Tenía un sabor levemente salado. Su pelo olía a humo de leña.

En vez de responder se movió bruscamente para hacerme sentir su rígida virilidad en el vientre.

Fue tanto el terror como el deseo lo que me llevó a apretarme contra él. Lo deseaba, sí; me dolían los pechos y sentía el vientre tenso y la entrepierna húmeda por la excitación sexual. Pero tan fuerte como la lujuria era el simple deseo de ser suya, de que me dominara, de que me poseyera con vigor para hacerme olvidarlo todo.

Sentí su necesidad en el temblor de las manos que me rodeaban las nalgas, en la involuntaria sacudida  de  sus  caderas,  que  él  contuvo  de  inmediato.  «Hazlo»,  pensé.  «¡Hazlo  ahora  mismo,  por Dios, y sin ninguna suavidad!»

No  podía  decirlo.  Le  vi  la  urgencia  en  la  cara,  pero  él  tampoco  podía  decirlo;  era  a  la  vez demasiado  pronto  y  demasiado  tarde  para  intercambiar  esas  palabras.  Pero  los  dos  habíamos compartido otro lenguaje que mi cuerpo aún recordaba. Presioné con violencia las caderas contra él.

Estábamos a un segundo de la decisión final.

—Dame la boca, Sassenach —pidió suavemente inclinándose hacia mí. Su cabeza bloqueó la luz de la vela, dejando sólo un vago resplandor y la oscuridad de su tez. Me abrí a él con un leve jadeo.

Su lengua buscó la mía.

Le mordí el labio y él retrocedió un poquito, sobresaltado.

—Jamie—dije—. ¡Jamie!

Era todo lo que podía pronunciar, pero impulsé las caderas contra él, instándolo a la violencia.

Luego le clavé los dientes en el hombro. Él me penetró con fuerza.

—¡No te detengas, por Dios! —exclamé.

Su cuerpo, al oírme, respondió en el mismo idioma. Las manos que me sujetaban las muñecas se tensaron. La fuerza de sus embates me llegó hasta el vientre.

Luego me soltó las muñecas y cayó a medias sobre mí, inmovilizándome las caderas con las manos.

Cuando me retorcí contra él me mordió en el cuello.

Yo me estaba quieta sólo porque no podía moverme. Sentía un palpitar en las costillas, pero no sabía si era mi corazón o el suyo.

Luego él se movió dentro de mí. Bastó para provocarme una convulsión a modo de respuesta.

Indefensa bajo su cuerpo, sentí que mis espasmos lo acariciaban, instándolo a acompañarme.

Arqueó la espalda hacia atrás, levantándose sobre las manos. Luego, lentamente, abrió los ojos para mirarme con indecible ternura.

—Oh, Claire —susurró—. Oh, Claire, por Dios.

Y se dejó llevar, muy dentro de mí, sin moverse. Por fin dejó caer la cabeza con un sollozo y el pelo le ocultó la cara. Cada sacudida entre mis piernas despertaba un eco en mí.

Cuando  todo  hubo  terminado,  muy  suavemente,  bajó  hasta  apoyar  la  cabeza  sobre  la  mía  y quedó como muerto.

Por fin salí de mi éxtasis; apoyé la mano en la base del esternón, donde su pulso latía lento y fuerte.